Este relato tiene unos años, ha sido publicado por la Revista Literaria Renacimiento. Gracias a Mari hoy lo cuelgo aquí. Forma parte de un volumen de relatos llamado Ropa de Diario, que tal vez algún día vea la luz...
Espinas
Aquella mañana fría de otoño unas espinas amanecieron a los pies de una encina centenaria. Se precipitaban hacia la descomposición, por efecto del tiempo y de la lluvia. Todas ellas habían llegado hasta aquel lugar arrastradas por el viento, sin sospechar que tenían algo en común: en otro tiempo habían estado clavadas en distintos cuerpos y se habían manchado de su sangre. Es por eso que aún poseían una brizna de vida, como un hilito, una existencia ya lánguida, pero con el suficiente espíritu como para transmitir un pequeño legado.
Una comenzó a llorar, añorando el calor de la carne.
- ¡Puedes llorar! –se sorprendió una vecina.
- ¡Y tú puedes hablar! –se admiraba otra.
Entonces a ras del suelo comenzó un imperceptible rumor; eran las espinas que hablaban unas con otras, desahogándose, aprovechando la última oportunidad que les quedaba para que alguien fuese testigo de sus andanzas, de sus vivencias. Fue así como la naturaleza, fascinada y curiosa, se detuvo a oír aquellas historias...
Relato de la espina de la tagarnina
Crecí al lado de un arroyo, en un sitio algo sombrío. Recuerdo que ella limpiaba las tagarninas al lado de un carril y que el sol arañaba el cerro de enfrente haciendo las sombras más largas. Entonces fue cuando quedé clavada entre dos de sus dedos. También quedaron otras, pero eran mayores y pudo sacárselas enseguida. Yo, por suerte o desgracia, duré varias semanas dentro de Josefa.
Josefa era una mujer recia, de pocas palabras, acostumbrada a la dureza de la vida, vieja, de mal genio. Cuatro hijos habían salido de su vientre; tres vivían aún, pero tan sólo se hablaba con uno. Decían que era una mala persona, porque amaba demasiado el dinero, y que su hermana gemela era distinta, claro que también la había criado otra familia. Ella lo justificaba todo con la austeridad y así se lo había transmitido a su descendencia, dándoles promesas recubiertas de mañana pero rellenas de nunca. Su interior era una olla a presión que se calentaba más a medida que aumentaba la vejez. En verdad creía que un día volverían malos tiempos, dispuestos a segar cabezas con su rastro de hambre, miseria y enfermedad. Peor, lo que en verdad la había obsesionado siempre era que le reclamaran lo justamente suyo. Toda su vida había sido una pesadilla y como recompensa había recibido una pequeña herencia que ella misma defendía con uñas y dientes, revelándose contra toda su estirpe si hacía falta.
Aquella tarde, como siempre, mientras limpiaba sus tagarninas, pensaba en la eterna amargura que envolvía su vida como si de un segundo pellejo se tratase. El hervidero de vivencias y malos recuerdos no cesaba, tanto que ni dormir podía. Tan sólo hallé un resquicio de paz en su tacañería y su afán por guardar: todo por sus hijos. Una excusa para que su alma careciera de remordimientos.
Relato de la espina del cardo
Aquel joven había terminado de coger caracoles, tan sólo le faltaba el hinojo y el cardo; así entré yo. Fui huésped en el cuerpo de Alberto Junquera al menos durante tres días. Recuerdo que estaba lleno de energía, porque la suya era sangre enamorada. Esa sensación la tuve nada más entrar. En aquel estado todo valía el doble..., aquello era mágico: podía sentirla a ella. Desde entonces también la sueño. Se llamaba Carmen. Se veían a escondidas. Aún siento sus miradas y la sed de besos que saben a poco. El tiempo se hacía eterno o una chispa. Es curioso que por momentos creí no estar allí, pues podía oír su otro corazón y sentir un pequeño hálito de vida que crecía día a día. Todo aquello era maravilloso y a la vez algo amargo. Esa mezcla lo hacía más intenso. Es una pena que todo esto me durase tan poco. Qué no daría por volver otra vez a ese cuerpo. Aunque no será posible, después de tantos años.
Relato de la espina del majuelo
Se pinchó conmigo mientras cogía hojas y flores de mi arbusto: esperaba ver en ellas el alivio a su mal de insomnio. Noté que la piel era dura, pero no más que su interior. Supe que la mujer había construido un laberinto con paredes de soledad y que nadie encontraba el camino hacia su corazón.
- Vaya, has venido.
- Eres mi madre.
- Pensé que lo habías olvidado, como tus hermanos.
- No he tenido esa gracia.
Su pobre razón sujetó aquella lengua venenosa; sabía que en su hijo Paco quedaba la única alma que podía quererle.
- ¿Qué esperas de mí, mi herencia?
- Eres muy dolorosa para ser madre, soy un tonto por venir hasta aquí, nunca escarmiento...
- No, no te vayas..., sabes cómo soy, y los años... Mi culpa es querer lo mejor para vosotros.
- Lo has hecho malamente, nadie se ha dado cuenta.
- Sé lo que habláis de mí, pero Josefa Junquera se caga en todo. Ninguno hubiese soportado ni la mitad del dolor que ha pasado por esta carne. Todos me odian y yo me pudro aquí sola, mirando cómo las varices escarban por mis piernas, cómo las arrugas infestan mi cuerpo. Pero cuando yo muera lo agradeceréis. Ese día mi entierro se llenará de gente llorosa. Luego vendrán las grandes comilonas a mi costa; porque todo, todo lo que tengáis, habrá salido de los riñones doloridos de esta vieja, a la que escupís y volvéis la cara.
- Nosotros no queremos dinero, sino lo que siempre nos faltó..., una madre.
No hubo más conversación. Después me descubrió y el viento me trajo hasta aquí.
Relato de la espina de la zarza
Crecí junto a una linde; debajo tenía la entrada de una madriguera. Mi vida era sencilla, algo aburrida a veces, pero de pronto comenzó la nueva andadura. Vi que el conejo entró como una centella en el agujero y yo quedaba agarrada a un organismo lleno de adrenalina. Tuve miedo y a la vez mucha fuerza. Tardé unos momentos en darme cuenta de que estaba en el cuerpo de un perro, en una oreja, y ahora era parte de él. La vida del animal era bastante sencilla. De no ser por los sentimientos no hubiese notado diferencia con mi zarza. Me pasaba la semana esperando en un corral. Mi amo me dejaba algo de comida, por la que a veces tenía que pelear con otros perros. Pasaba las horas jugando con ellos o tendido al sol. Lo mejor llegaba cuando nos abrían la puerta: nos matábamos corriendo. De aquí allá, carrera abajo y arriba, ja, ja, ja. De pronto una voz y detrás el cazador. Yo quería a aquel hombre, todos le adorábamos, aun si a veces nos regañaba o nos daba una patada. Se llamaba David Junquera. Cierto día me solté y quedé libre entre los pelos del animal. Una leve caricia y pasé al cuerpo del hombre; entonces sentí toda su tristeza: había vivido toda su vida con la maldición de los niños que tosen y con el espanto de no tener qué comer. Ahora tenía ciertos lujos y por nada los dejaría perder: el vino peleón, un paquete de tabaco negro y la cacería. Esta le buscaba más de un problema con el guarda, algo que todo el mundo conocía. En los pueblos se cree que se sabe todo. Era por una vieja disputa entre familias, algo sobre un muerto. Los Romero y los Junquera se odiaban. David pertenecía a esta última y Miguel, el guarda, a la primera. También existían otros problemas que nadie conocía, como el de su hijo Víctor y Yolanda Romero.
Relato de la espina del escaramujo
Tuve la gracia de ser un antojo. En realidad no fui yo, sino mi flor. Me clavé en Yolanda, pero tan levemente que no deparó en su actitud de coger la rosilla. Entonces fui bendecida con este don. Al principio me acomplejé un poco; al fin y al cabo no era más que una intrusa. Pero al instante me vi rodeada de esperanza, me alivié sabiendo que estaba en un cuerpo lleno de vida. Tan sólo noté la nube negra, aquella frase que volvía una y otra vez:
- Hija, tienes la misma maldición que tuvo mi madre, nadie quiere a tu semilla...
Sé que la rosa le adornó el pelo y que esa tarde fue la última que visitó el escaramujo. Había preparado un hatillo para buscar la lejanía, un nuevo e incierto hogar en el que su fruto no tuviese que vivir arrastrando ningún estigma de un conflicto heredado y que ella sentía ajeno. Partió a la hora de la siesta; hasta la fresca no la echaron de menos. Para entonces se había plantado bien lejos.
Relato de la espina de la aulaga
Fernando Romero se llamaba el chaval. Estaba robando los conejos a un furtivo cuando se pinchó conmigo; cosas de críos. Las piezas las repartió entre sus familiares, dos para su madre, uno para la tía Mari, otro para el tío Miguel y el último para la abuela Dolores. Esperaba con ese halago ganarse alguna propinilla con la que comprarse, de contrabando, algún cigarrillo. Calculó mal lo del tío Miguel, que enseguida se enfadó, echándole las culpas al David Junquera, pero acertó con la tía Mari.
Cuando llegó a la casa de la abuela, se la encontró repasando fotografías. Ella, como por inercia, se llevó una mano para secarse una lágrima.
- ¿Qué haces, abuela?
La vieja no contestó; en su lugar, siguió repasando. Fernando se le acercó y tomó algunas de las fotos.
- ¿Quién era ese hombre, abuela?
- Mi abuelo, tu tatarabuelo, Miguel Romero, el que da nombre a nuestra familia.
- ¿Por él nos llaman Romero?
- Aunque tu verdadero apellido es Ramírez, tendrás que vivir con el heredado, esa es la costumbre del pueblo.
- ¿Le conociste?
- No, no le vi nunca, no quiso verme, murió en la cárcel.
- He oído algo. ¿Fue él el que mató al padre de Josefa Junquera?
- También era mi padre.
Entonces Dolores se secó de nuevo una lágrima y rememoró su niñez: la tibieza de su madre y el resentimiento de su abuela. Todo lo que eran ella y los suyos arrancaba de aquellos años aciagos en los que el silencio era impuesto y reinaba la hostilidad hacia todo lo que sonase a Junquera.
- Mi padre se llamaba Alberto. Dejó embarazada a mi madre y poco después apareció su cuerpo sin vida. A mi abuelo lo condenaron y murió en la cárcel años después. Cuando se produjo el parto nacimos dos, Josefa y Dolores. Para evitar más disputas fuimos separadas, una pertenecería a los Junquera y otra a los Romero. Dicen que todo lo tramaron mis dos abuelas. Cada una se encargó de criar a su nieta en el odio. Mira, este era Alberto, esta foto la conservó siempre mi madre, es lo único que tengo de él...
- Pero si no te pareces en nada a Josefa Junquera, ella es flaca como un galgo y tú eres gorda.
- Pues dicen que éramos dos gotas de agua.
Duré poco en aquel cuerpo adolescente. Después un golpe de viento me trajo hasta este lugar.
Relato de la espina de la carrasca
Vivía feliz en una hoja de carrasca, sin tener otra cosa que hacer que observar cómo crecía cerca de mí un acebuche intentando ganarle al tiempo una ramilla, peleando con la cabra hoja por hoja. Hasta que un día me clavé en el cuerpo de un hombre inquieto que cruzaba el monte de arriba abajo, intentando hacer su trabajo lo mejor posible. Su nombre era Miguel Romero. Desde hacía algún tiempo su interior se convulsionaba, rebelándose contra todo y maldiciendo hasta su existencia. La raíz se hallaba en la desaparición de su hija, sin una nota, tan sólo el conductor del autobús decía haberla dejado en la capital. Miguel se había echado en cara al hijo de David Junquera, pero no quería creer lo que oyó. Desde entonces no dormía por no soñar lo que ya sabía, que un día u otro la sangre volvería a correr entre las dos familias.
Relato de la espina del palmito
Habitaba una herriza rodeada de cultivos, a un lado se secaba el trigo, al otro florecía el girasol. Mi hoja de palma verdeaba lentamente, sin prisa, madurando su fruto dulzón para que algún animal se lo comiese y depositase su semilla lejos. Entonces sentí la sacudida, una y otra vez. Alguien estaba arrancando el palmito y, en un instante, yo formaba parte del hombre: Alberto Junquera.
Alberto tomó aquel majestuoso palmito y lo desmochó. Era el último del año; simplemente lo cogió por capricho, ahora se lo daría a sus hijos. En ellos pensaba todo el día, quería darles todo el cariño que él no había recibido.
Esa misma tarde recibió la visita de su hermano Paco y comenzó una amarga conversación:
- Fui a ver a tu madre.
- Yo no tengo madre, lo sabes, Paco. Tal vez sea la tuya.
- Está más vieja, arrugada como una pasa y sus ojos son torpes; creo que tiene cataratas.
- ¿Y a mí qué me cuentas? No quiero nada de ella. Iré al entierro, si tengo ganas.
Los dos callaron: sus cabezas les llevaban, en contra de su voluntad, hacia los años oscuros en los que soportaban a su madre y miraban al borracho de su padre que poco podía hacer por cambiar nada. Miseria, enfermedad, maltratos. Y la dichosa cucharadita de purgante.
- ¿Sabes que tu sobrino Víctor le llega a una hija de Miguel Romero?
- Ni me importa.
- Tu hermano y Miguel no se pueden ni ver. Y sabes cómo es el David.
- Tonterías, Paco. Los Romero tampoco son tan malas personas. Sí, quizá no nos hablen, pero recuerdo que una vez la tía Dolores me dio un pedazo de pan con manteca. ¿Sabes? Incluso les tengo algo de envidia, al menos ellos han tenido una madre.
Relato de la espina del higo chumbo
Relato de la espina del rosal
Aquella mañana Dolores se levantó con mal cuerpo. Cogió una rosa de su arriate, sólo por el capricho de olerla, pero con el ansia del que sabe que no lo hará más. Y me clavé en su envejecida carne. La sangre que me bañaba me hablaba de su languidez, de un final que se apresuraba. Era el momento de una recapitulación.
Se iba satisfecha, se sentía querida por los suyos. Había intentado hacer feliz a los que se fueron: a su madre, acompañándola en su silencio; a su esposo, dándole sus mejores años, su amor y tres hermosos hijos; a su abuela, consintiéndola, dejándola sembrar su funesta cosecha. Tan sólo quedaba algo: su hermana. La misma que compartió la matriz, la que le agarraba de la mano para dormir, la que le cedió su parte de leche materna y el cariño. Entonces la entendió, su espíritu se encendió con esa llama fraternal y comprendió lo egoísta que había sido toda su vida, al volverle la cara, al dejarla sola frente al mundo. Sintió de una vez el infinito dolor de su madre y su prematuro final, y pudo verla detrás de los rosales rogándole... Era hora de ver a su otra yo.
Relato de la espina del limonero
Entré en Josefa cuando tuvo un mareo y se apoyó en el limonero. Entonces alcanzó a ver que no estaba flaca, ni cansada, sino que se estaba muriendo. Se apagaba como una llama sin oxígeno. Se sintió alegre: “Al fin”, se dijo. Llegaba la hora de hacer feliz a los suyos. Legaba muchas pertenencias y paz. Sus hijos se desprenderían de aquella lápida que arrastraban como sombras.
Con un débil gesto se quitó la parte superior de la espina, dejando una pequeñísima parte de mí dentro. Sentí mucha amargura, tanta, que aquella luna de limones no fue ácida. Oyó cómo tocaban en la puerta y con mucha dificultad acudió a abrir.
- Eres tú, tarde vienes para hacer de hermana.
- Tal vez. ¿Sabes que nuestros hijos van a matarse?
- ¿Qué quieres que haga?
- Evítalo tú, hermana, eres ligera y tienes más energía que yo.
- Lo dudo mucho hermana. ¿Qué quieres? ¿La herencia de mi padre? No tienes derecho a nada, vete por dónde has venido. Ahora apareces...
- Me voy, Josefa, tan sólo venía por lo de los niños, y a pedirte perdón por no tratarte como a mi sangre. Ahora comprendo que has vivido en el dolor, sola. Quiero que lo sepas...
Josefa intuyó por un segundo que tal vez, sólo tal vez, estaba en igualdad de condiciones que su hermana. Ambas vieron acercarse la muerte; vieron que les arrancaba un último suspiro que había de recordarles aquel instante en su concepción, el calor de sus manos, la primera imagen.
- Mamá me crió a mí, pensando en ti. Nunca nos dejó.
Josefa la abrazó como nunca creyó abrazar a nadie. Sus lágrimas desoladas sintieron el alivio de la calma interior. Había llegado el momento de marchar juntas.
Relato de la encina
¿No me digáis que no sabéis más de esa historia? En fin, supongo que ahora me toca a mí contar lo que sé. Pero ha llovido mucho desde entonces. Todo estaba poblado por encinas y las jaras servían de refugio a los zorzales. Sólo a lo lejos algunas de mis ramas veían los campos de labor. Para mí era un deleite contemplar a diario a aquella pareja...
Él se llamaba Alberto. Todas las tardes acudía desde el cortijo para sentarse sobre esa piedra y esperaba a su amada. Carmen acudía llena de alegría, tan impaciente como él. Aquí se besaban, se acariciaban y compartían sueños. Con el paso de los días ella no pudo venir con la libertad de antes, por eso decidieron modificar sus horarios. Siempre que se presentaba la ocasión se acercaban a su encina, aunque muchas veces ni siquiera se encontraban. Yo me convertía entonces en la confidente de sus devaneos durante la tensa espera. Una mañana, Alberto, viendo que su novia no aparecía, decidió tallar un corazón en mi corteza. Tan contento quedó que decidió repetirlo, esta vez en una de mis ramas, deseaba hacerlo en el sitio más alto posible, para así demostrar todo su delirio de amor. En ello estaba cuando resbaló y cayó desde lo alto; vino a golpearse en la misma piedra donde tantas veces había esperado a su amor. Se oyó un crujido. De su cabeza brotó la sangre y empapó algunas de mis raíces. Por ello supe que él no se dio cuenta de lo que en realidad sucedía, murió viéndola en mis ramas. Tuvo una muerte tan dulce como amarga la de Carmen.
Carmen siguió viniendo. Percibí desde sus adentros como un aura, dos vidas que se desarrollaban continuando la obra que los jóvenes habían planeado juntos. La muchacha no decayó del todo solamente por la nueva esperanza. Pero luego le quitaron a una y todo se le vino encima. No volvió a hablar y se abandonó poco a poco. Un día dejó de venir.
Relato del viento
Soy inmortal, conozco miles de historias y, por supuesto, sé cómo termina esta. En cierta forma se puede decir que os envidio; porque, aunque estáis prontas a desaparecer para siempre, al menos habéis retenido dentro de vosotras una pequeña parte de alma humana. Por eso nunca os extinguiréis del todo y formaréis parte de algo en el tiempo. Sin embargo, en mi caso, no puedo decir lo mismo. Un día desaparecerá el hombre y las espinas y quedaré solo. Soportaré el castigo de soplar en soledad eternamente. Al menos, conservaré el saber y los recuerdos; esa es la razón por la que os he reunido.
Cuando Miguel se sacó la espina de la chumbera, no se paró a pelar los higos, sino que tomó su decisión y su rifle y se echó al monte a esperar. Estaba muy ortigado y dispuesto a acabar de una vez con la rivalidad entre las dos familias. David, por su parte, había limpiado la tarde anterior su escopeta de caza. Oyó en las tabernas que Miguel se había echado en cara a su hijo y que había maldecido a toda su estirpe, que hacía tiempo que le culpaba de la cacería furtiva y que se iba a buscar una ruina.
- Lo que tenga que ser que sea – se dijo.
Los hombres cruzaron varias veces el monte sudoroso, con tal sigilo que varias veces pasaron cerca y ni se sintieron. El calor comenzó a apretar y los nervios comenzaban a hostigarles. De un modo u otro sabían que su adversario estaba en aquel lugar y que el primero en cometer una imprudencia terminaría en una caja. En medio del bochorno y de las avispas que por allí zumbaban, se oyó un crujir. Los dos, llegado el momento que tanto habían ansiado, de un bote, se pusieron en pie apuntando al mismo tiempo hacia el sitio del ruido. En medio del rifle y de la escopeta se hallaba Víctor. Al instante las armas rectificaron y se apuntaron mutuamente, buscando a su verdadera presa. Entonces Víctor habló:
- Disparad. Dejad a mi hijo sin abuelos. Os guste o no, compartís algo, pero no os pertenece. Mataos, que así al menos os arreglaréis; yo voy a buscar a mi mujer, a la que por cobardía dejé ir, pero que encontraré. No me veréis más, ni a ella, ni a vuestro nieto, lo pienso criar fuera de esta disputa sin sentido. Ahora seguid con la estúpida tradición y recordad que esto es sólo cosa vuestra. No incluyáis a nadie, porque estáis solos.
En el monte se oyeron dos disparos al unísono y el campo se silenció. Lejos de allí cayeron plomos y una bala.
Decidí soplar aquella tarde, para refrescar un poco. Resolví velar por las dos familias, para que nunca un mal viento les sople y que entre ellos no quede ninguna vieja espina clavada.