domingo 6 de diciembre de 2009

Un Trotamundos

Después de un tiempo de silencio he decidido actualizar el blog con un homenaje.

Hoy nos toca presentar a Juan Pan. Juan es fijo de esta herriza y resulta que este hombre es un tipo de lo más curioso. Entiéndase, cuando digo “de lo más curioso” quiero decir excepcional. Y no voy a echarle flores, todo lo contrario, digamos que tiene tanta personalidad que no puede estarse callado. Es un currante que se ha pateado los dos hemisferios y no haciendo turismo precisamente. Fue inmigrante ilegal y por eso nadie como él para hablar algo sobre el tema. Arrancó su andadura en Algar (Cádiz), desde su niñez llevaba una historia que había de perseguirle y seguramente proporcionarle más de una noche de insomnio. La Pista del Lobo vio por fin la luz gracias a su tesón. En este mundo lleno de subvenciones y leyes de la memoria histórica, él tuvo que sufragar el coste de la novela. Después vinieron otros proyectos y alguna miel en los labios. Es lo que tiene esto, Juan, tú lo sabes.

Pero Juan se rehace, tiene la piel dura. Es un viejo testarudo con la fuerza de un adolescente. Hay algo que le mantiene día tras día, que le da aliento para soplar a sus sueños como si fuesen ascuas de un gran fuego. Tal vez a primera vista nadie lo perciba, pero tiene la mirada del que sabe que va a ganar, que por muchas veces que quieran tumbarle él se levantará. Porque sin duda la experiencia le dice que en el empeño está el éxito y en el éxito la recompensa.

De todas sus historias la de su vida es la más interesante, aunque él es quién mejor puede hablar de ella, y así lo hace en su blog El Lugar de Juan Pan http://ellugardejuan.blogspot.com/ un sitio poblado de historias y alguna reivindicación, buena y mucha gente.

Por lo pronto lleva varios premios y muchos que me quiten lo “bailao”.

Juan no se puede estar callado. Lo prefiero así.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Veinte Metros (Rosalía)

Latas de atún, caballa, calamares, mejillones y melva, al lado de la fruta en almíbar. Todo el pueblo recuerda la tienda de Rosalía Montes, la que nunca cerraba, la que dejaba fiado. Aquella mujer entregó su vida a un pequeño negocio de apenas veinte metros cuadrados divididos por el mostrador en dos partes desiguales; detrás de este, en la mitad más pequeña, siempre estaba Rosalía colgada de sus gafas, aferrada a un bolígrafo y con mirada de escrutinio, tanteando garabatos en forma de números que una y otra vez había que repasar por si acaso.

- Niña, deberías cerrar la tienda.

- ¿La tienda? ¿Por qué?

- Por qué va a ser, porque ya no nos hace falta.

Detergente líquido, en pastillas y en polvo, más allá de las botellas de lejía, en la estantería baja, cerca del suelo y lejos de los alimentos, según las normas de Sanidad. Limpiar, y limpiar a conciencia: la máquina de cortar fiambres, el peso, la casa entera después de hacer de comer y tender la ropa... Suspendida del recuerdo, lejana en el tiempo, su abuela recorta una camisa con una vieja plancha de hierro mientras le dice: “Hija mía, una mujer habría de ser esposa, habría de ser mujer de su casa, pero nunca esclava”.

- Niña, no te veo contenta –le dice su marido que parece ofrecerle el paraíso.

- ¿Qué quieres que haga? ¿Que dé saltos?

- ¿Acaso no te alegras?

- No lo sé, dame algo de tiempo.

Bolsas de gusanitos, de pipas, de quicos; colgados en la misma barra, aunque alejados, de los chorizos, las morcillas y los salchichones. Preparar el café, hacer las camas, coser los calcetines..., igual que cosió su vida a estas cuatro paredes. Crió a sus hijos con la leche de su pecho, el mismo que apuró su marido. Le financió miles de partidas de dominó, con su agrado, con su mirada atenta, con un bolígrafo agotado, con el papel de añafea y la hábil coreografía de manos con la que tanteaba miles de cartuchos.

- Mamá deberías salir más, ahora que puedes.

- Sí, con tu padre...

- ¿No tienes amigas? Hay muchas mujeres que caminan por la carretera todas las tardes e incluso se apuntan a viajes.

- Me conformaría con que me hicieses abuela.

- Ya sabes, Paqui prefiere esperar; además, está lo de su padre...

Pan, dulces, molletes y harina, a sus espaldas. Madrugones, el bocadillo de los jornaleros, el ronquido de los suyos, la seguridad de estar en su sitio. Y ya tan de mañana las varices le mordían las piernas. Dolores que parecían estar siempre en su tienda. Hay quien se pregunta de dónde sacaba toda esa fuerza. Es sencillo: de la constancia, aunque ella no lo supiera. Le enfermaba ver que uno de los suyos hacía por ayudarle y no esperaba de su marido otra cosa que ir al por mayor para reponer. Habría sido capaz de cambiar el mundo de sitio y limpiarlo con tal de que le dejasen a ella sola. Y con sus hijos ya criados se veía a sí misma como la clueca que se los echa a todos debajo. Conocía su sitio y estaba a gusto en él, porque ya descansaría cuando se muriese.

- Mírale, parece que ha cogido endeblez. El retiro le ha sentado fatal.

- Será que ya no maneja tanto dinero...

- No sabría qué decirte, es como si estuviese aburrida.

- Tal vez, después de tantos años...

Abrillantadores, bayetas, estropajos, paños de cocina, cerca de la puerta. Las nuevas losas del suelo las ha escogido su nuera, dice que se llevan esos colores, rústicos, que quedarán muy bien con la puerta y que, además, son muy buenas. Una puerta de madera que cerrará todas las opciones de reabrir el establecimiento al público. La cabeza, que da vueltas, que es ella la que manda, la que duele, la que no admite pastillas, la que resbala siempre en el mismo sitio, la que revisa lo que pudo ser, no descansa. Pensar, y pensar siempre en lo mismo, la amplitud del mundo contra los veinte metros de vida, ¡no! Viajar, volver, regresar, a cuando le fiaba a la gente para las campañas, a cuando se llevaban las bolsas llenas de mandados, a cuando sus críos corrían de la calle a la casa pasando por la tienda, a cuando la calle giraba entorno a su hogar.

- Se pasa el día mirando la televisión y, cuando no, limpiando sobre limpio. Está sola.

- ¿Y yo qué le hago? Tengo que trabajar.

- Si yo no digo nada, por lo menos papá debería echarle cuenta.

- Si no lo ha hecho nunca...

Vino blanco y tinto, en vidrio o caja, junto al vinagre, el aceite de semilla, girasol y oliva. La vejez la ciñe en un perpetuo y cada vez más insistente abrazo. Las arrugas que surcan su rostro cada vez son más profundas. ¿Cómo detener el paso del tiempo si ni siquiera quedan ganas? Entonces sucede todo: oye un pitido y el mundo se cae al suelo; a lo lejos alguien grita, siente como mueven su cuerpo, ve luces, después sólo siente un zumbido. Sobre una cama del hospital se despierta media Rosalía, alguien habla de una congestión, qué liviano parece todo. Está rodeada: su ingrato esposo, el calzonazos de su hijo el mayor con su maquillada esposa, el vago de su segundo hijo que es igualito que su padre, sólo que a este le gustan más los caballos, y el menor, su ojito derecho, el eterno estudiante. Cómo los ama. Les ama aunque entre todos tramasen matarla. Los ojos de alguno tienen destellos de cristal... <>.

Le buscan una enfermera, en realidad una muchacha que se encarga de la faena todos los días, salvo los domingos. Es entonces cuando le toca cocinar al amo de la casa, el señorito, el que siempre puso su presencia para que todo fuese como debía ir. Con mucha destreza se atreve incluso con un par de huevos con patatas, menú invariable.

- ¿Dónde coño está la sal? –se oye desde la cocina, acompañado de un trastear por los cajones.

Rosalía, desde su sillón, con una sonrisa doblada, pensaba: “Al lado del laurel, la pimienta y el perejil; en la repisa del frente. Ja, ja, ja, será inútil, no es capaz ni de encontrar la sal”.

jueves 3 de septiembre de 2009

Espinas

Este relato tiene unos años, ha sido publicado por la Revista Literaria Renacimiento. Gracias a Mari hoy lo cuelgo aquí. Forma parte de un volumen de relatos llamado Ropa de Diario, que tal vez algún día vea la luz...

Espinas

Aquella mañana fría de otoño unas espinas amanecieron a los pies de una encina centenaria. Se precipitaban hacia la descomposición, por efecto del tiempo y de la lluvia. Todas ellas habían llegado hasta aquel lugar arrastradas por el viento, sin sospechar que tenían algo en común: en otro tiempo habían estado clavadas en distintos cuerpos y se habían manchado de su sangre. Es por eso que aún poseían una brizna de vida, como un hilito, una existencia ya lánguida, pero con el suficiente espíritu como para transmitir un pequeño legado.

Una comenzó a llorar, añorando el calor de la carne.

- ¡Puedes llorar! –se sorprendió una vecina.

- ¡Y tú puedes hablar! –se admiraba otra.

Entonces a ras del suelo comenzó un imperceptible rumor; eran las espinas que hablaban unas con otras, desahogándose, aprovechando la última oportunidad que les quedaba para que alguien fuese testigo de sus andanzas, de sus vivencias. Fue así como la naturaleza, fascinada y curiosa, se detuvo a oír aquellas historias...

Relato de la espina de la tagarnina

Crecí al lado de un arroyo, en un sitio algo sombrío. Recuerdo que ella limpiaba las tagarninas al lado de un carril y que el sol arañaba el cerro de enfrente haciendo las sombras más largas. Entonces fue cuando quedé clavada entre dos de sus dedos. También quedaron otras, pero eran mayores y pudo sacárselas enseguida. Yo, por suerte o desgracia, duré varias semanas dentro de Josefa.

Josefa era una mujer recia, de pocas palabras, acostumbrada a la dureza de la vida, vieja, de mal genio. Cuatro hijos habían salido de su vientre; tres vivían aún, pero tan sólo se hablaba con uno. Decían que era una mala persona, porque amaba demasiado el dinero, y que su hermana gemela era distinta, claro que también la había criado otra familia. Ella lo justificaba todo con la austeridad y así se lo había transmitido a su descendencia, dándoles promesas recubiertas de mañana pero rellenas de nunca. Su interior era una olla a presión que se calentaba más a medida que aumentaba la vejez. En verdad creía que un día volverían malos tiempos, dispuestos a segar cabezas con su rastro de hambre, miseria y enfermedad. Peor, lo que en verdad la había obsesionado siempre era que le reclamaran lo justamente suyo. Toda su vida había sido una pesadilla y como recompensa había recibido una pequeña herencia que ella misma defendía con uñas y dientes, revelándose contra toda su estirpe si hacía falta.

Aquella tarde, como siempre, mientras limpiaba sus tagarninas, pensaba en la eterna amargura que envolvía su vida como si de un segundo pellejo se tratase. El hervidero de vivencias y malos recuerdos no cesaba, tanto que ni dormir podía. Tan sólo hallé un resquicio de paz en su tacañería y su afán por guardar: todo por sus hijos. Una excusa para que su alma careciera de remordimientos.

Relato de la espina del cardo

Aquel joven había terminado de coger caracoles, tan sólo le faltaba el hinojo y el cardo; así entré yo. Fui huésped en el cuerpo de Alberto Junquera al menos durante tres días. Recuerdo que estaba lleno de energía, porque la suya era sangre enamorada. Esa sensación la tuve nada más entrar. En aquel estado todo valía el doble..., aquello era mágico: podía sentirla a ella. Desde entonces también la sueño. Se llamaba Carmen. Se veían a escondidas. Aún siento sus miradas y la sed de besos que saben a poco. El tiempo se hacía eterno o una chispa. Es curioso que por momentos creí no estar allí, pues podía oír su otro corazón y sentir un pequeño hálito de vida que crecía día a día. Todo aquello era maravilloso y a la vez algo amargo. Esa mezcla lo hacía más intenso. Es una pena que todo esto me durase tan poco. Qué no daría por volver otra vez a ese cuerpo. Aunque no será posible, después de tantos años.

Relato de la espina del majuelo

Se pinchó conmigo mientras cogía hojas y flores de mi arbusto: esperaba ver en ellas el alivio a su mal de insomnio. Noté que la piel era dura, pero no más que su interior. Supe que la mujer había construido un laberinto con paredes de soledad y que nadie encontraba el camino hacia su corazón.

- Vaya, has venido.

- Eres mi madre.

- Pensé que lo habías olvidado, como tus hermanos.

- No he tenido esa gracia.

Su pobre razón sujetó aquella lengua venenosa; sabía que en su hijo Paco quedaba la única alma que podía quererle.

- ¿Qué esperas de mí, mi herencia?

- Eres muy dolorosa para ser madre, soy un tonto por venir hasta aquí, nunca escarmiento...

- No, no te vayas..., sabes cómo soy, y los años... Mi culpa es querer lo mejor para vosotros.

- Lo has hecho malamente, nadie se ha dado cuenta.

- Sé lo que habláis de mí, pero Josefa Junquera se caga en todo. Ninguno hubiese soportado ni la mitad del dolor que ha pasado por esta carne. Todos me odian y yo me pudro aquí sola, mirando cómo las varices escarban por mis piernas, cómo las arrugas infestan mi cuerpo. Pero cuando yo muera lo agradeceréis. Ese día mi entierro se llenará de gente llorosa. Luego vendrán las grandes comilonas a mi costa; porque todo, todo lo que tengáis, habrá salido de los riñones doloridos de esta vieja, a la que escupís y volvéis la cara.

- Nosotros no queremos dinero, sino lo que siempre nos faltó..., una madre.

No hubo más conversación. Después me descubrió y el viento me trajo hasta aquí.

Relato de la espina de la zarza

Crecí junto a una linde; debajo tenía la entrada de una madriguera. Mi vida era sencilla, algo aburrida a veces, pero de pronto comenzó la nueva andadura. Vi que el conejo entró como una centella en el agujero y yo quedaba agarrada a un organismo lleno de adrenalina. Tuve miedo y a la vez mucha fuerza. Tardé unos momentos en darme cuenta de que estaba en el cuerpo de un perro, en una oreja, y ahora era parte de él. La vida del animal era bastante sencilla. De no ser por los sentimientos no hubiese notado diferencia con mi zarza. Me pasaba la semana esperando en un corral. Mi amo me dejaba algo de comida, por la que a veces tenía que pelear con otros perros. Pasaba las horas jugando con ellos o tendido al sol. Lo mejor llegaba cuando nos abrían la puerta: nos matábamos corriendo. De aquí allá, carrera abajo y arriba, ja, ja, ja. De pronto una voz y detrás el cazador. Yo quería a aquel hombre, todos le adorábamos, aun si a veces nos regañaba o nos daba una patada. Se llamaba David Junquera. Cierto día me solté y quedé libre entre los pelos del animal. Una leve caricia y pasé al cuerpo del hombre; entonces sentí toda su tristeza: había vivido toda su vida con la maldición de los niños que tosen y con el espanto de no tener qué comer. Ahora tenía ciertos lujos y por nada los dejaría perder: el vino peleón, un paquete de tabaco negro y la cacería. Esta le buscaba más de un problema con el guarda, algo que todo el mundo conocía. En los pueblos se cree que se sabe todo. Era por una vieja disputa entre familias, algo sobre un muerto. Los Romero y los Junquera se odiaban. David pertenecía a esta última y Miguel, el guarda, a la primera. También existían otros problemas que nadie conocía, como el de su hijo Víctor y Yolanda Romero.

Relato de la espina del escaramujo

Tuve la gracia de ser un antojo. En realidad no fui yo, sino mi flor. Me clavé en Yolanda, pero tan levemente que no deparó en su actitud de coger la rosilla. Entonces fui bendecida con este don. Al principio me acomplejé un poco; al fin y al cabo no era más que una intrusa. Pero al instante me vi rodeada de esperanza, me alivié sabiendo que estaba en un cuerpo lleno de vida. Tan sólo noté la nube negra, aquella frase que volvía una y otra vez:

- Hija, tienes la misma maldición que tuvo mi madre, nadie quiere a tu semilla...

Sé que la rosa le adornó el pelo y que esa tarde fue la última que visitó el escaramujo. Había preparado un hatillo para buscar la lejanía, un nuevo e incierto hogar en el que su fruto no tuviese que vivir arrastrando ningún estigma de un conflicto heredado y que ella sentía ajeno. Partió a la hora de la siesta; hasta la fresca no la echaron de menos. Para entonces se había plantado bien lejos.

Relato de la espina de la aulaga

Fernando Romero se llamaba el chaval. Estaba robando los conejos a un furtivo cuando se pinchó conmigo; cosas de críos. Las piezas las repartió entre sus familiares, dos para su madre, uno para la tía Mari, otro para el tío Miguel y el último para la abuela Dolores. Esperaba con ese halago ganarse alguna propinilla con la que comprarse, de contrabando, algún cigarrillo. Calculó mal lo del tío Miguel, que enseguida se enfadó, echándole las culpas al David Junquera, pero acertó con la tía Mari.

Cuando llegó a la casa de la abuela, se la encontró repasando fotografías. Ella, como por inercia, se llevó una mano para secarse una lágrima.

- ¿Qué haces, abuela?

La vieja no contestó; en su lugar, siguió repasando. Fernando se le acercó y tomó algunas de las fotos.

- ¿Quién era ese hombre, abuela?

- Mi abuelo, tu tatarabuelo, Miguel Romero, el que da nombre a nuestra familia.

- ¿Por él nos llaman Romero?

- Aunque tu verdadero apellido es Ramírez, tendrás que vivir con el heredado, esa es la costumbre del pueblo.

- ¿Le conociste?

- No, no le vi nunca, no quiso verme, murió en la cárcel.

- He oído algo. ¿Fue él el que mató al padre de Josefa Junquera?

- También era mi padre.

Entonces Dolores se secó de nuevo una lágrima y rememoró su niñez: la tibieza de su madre y el resentimiento de su abuela. Todo lo que eran ella y los suyos arrancaba de aquellos años aciagos en los que el silencio era impuesto y reinaba la hostilidad hacia todo lo que sonase a Junquera.

- Mi padre se llamaba Alberto. Dejó embarazada a mi madre y poco después apareció su cuerpo sin vida. A mi abuelo lo condenaron y murió en la cárcel años después. Cuando se produjo el parto nacimos dos, Josefa y Dolores. Para evitar más disputas fuimos separadas, una pertenecería a los Junquera y otra a los Romero. Dicen que todo lo tramaron mis dos abuelas. Cada una se encargó de criar a su nieta en el odio. Mira, este era Alberto, esta foto la conservó siempre mi madre, es lo único que tengo de él...

- Pero si no te pareces en nada a Josefa Junquera, ella es flaca como un galgo y tú eres gorda.

- Pues dicen que éramos dos gotas de agua.

Duré poco en aquel cuerpo adolescente. Después un golpe de viento me trajo hasta este lugar.

Relato de la espina de la carrasca

Vivía feliz en una hoja de carrasca, sin tener otra cosa que hacer que observar cómo crecía cerca de mí un acebuche intentando ganarle al tiempo una ramilla, peleando con la cabra hoja por hoja. Hasta que un día me clavé en el cuerpo de un hombre inquieto que cruzaba el monte de arriba abajo, intentando hacer su trabajo lo mejor posible. Su nombre era Miguel Romero. Desde hacía algún tiempo su interior se convulsionaba, rebelándose contra todo y maldiciendo hasta su existencia. La raíz se hallaba en la desaparición de su hija, sin una nota, tan sólo el conductor del autobús decía haberla dejado en la capital. Miguel se había echado en cara al hijo de David Junquera, pero no quería creer lo que oyó. Desde entonces no dormía por no soñar lo que ya sabía, que un día u otro la sangre volvería a correr entre las dos familias.

Relato de la espina del palmito

Habitaba una herriza rodeada de cultivos, a un lado se secaba el trigo, al otro florecía el girasol. Mi hoja de palma verdeaba lentamente, sin prisa, madurando su fruto dulzón para que algún animal se lo comiese y depositase su semilla lejos. Entonces sentí la sacudida, una y otra vez. Alguien estaba arrancando el palmito y, en un instante, yo formaba parte del hombre: Alberto Junquera.

Alberto tomó aquel majestuoso palmito y lo desmochó. Era el último del año; simplemente lo cogió por capricho, ahora se lo daría a sus hijos. En ellos pensaba todo el día, quería darles todo el cariño que él no había recibido.

Esa misma tarde recibió la visita de su hermano Paco y comenzó una amarga conversación:

- Fui a ver a tu madre.

- Yo no tengo madre, lo sabes, Paco. Tal vez sea la tuya.

- Está más vieja, arrugada como una pasa y sus ojos son torpes; creo que tiene cataratas.

- ¿Y a mí qué me cuentas? No quiero nada de ella. Iré al entierro, si tengo ganas.

Los dos callaron: sus cabezas les llevaban, en contra de su voluntad, hacia los años oscuros en los que soportaban a su madre y miraban al borracho de su padre que poco podía hacer por cambiar nada. Miseria, enfermedad, maltratos. Y la dichosa cucharadita de purgante.

- ¿Sabes que tu sobrino Víctor le llega a una hija de Miguel Romero?

- Ni me importa.

- Tu hermano y Miguel no se pueden ni ver. Y sabes cómo es el David.

- Tonterías, Paco. Los Romero tampoco son tan malas personas. Sí, quizá no nos hablen, pero recuerdo que una vez la tía Dolores me dio un pedazo de pan con manteca. ¿Sabes? Incluso les tengo algo de envidia, al menos ellos han tenido una madre.

Relato de la espina del higo chumbo

Todavía el sol de agosto no había acariciado la chumbera, la hora exacta para coger higos chumbos, sin una brisa que nos volase. Miguel había llenado el cubo cuando vio una fruta que sobresalía; era enorme. Cogió su caña rueca y se dispuso a dar el remate a su recolección. Entonces un pequeño golpe de viento, apenas imperceptible, me desplazó hasta quedar clavada en su ojo izquierdo. Al principio ni lo notó, pero al poco rato el lagrimeo era incesante. Me maldijo, pero yo seguía allí.

Los Romero gustan de compartir lo más mínimo con los suyos; por eso lo primero que hizo Miguel fue llevar unos pocos chumbos a sus hermanas, primero a su Carmen, que aún tenía telarañas en los ojos, y luego a su Mari, que sí se percató de su lento gotear.

- ¿Qué te pasa? ¿No será por lo de tu Yolanda?

- ¡Qué coño! Una espina que se me ha clavado.

- Pues espera, voy a buscar una pinza.

- Déjalo, que me la saque mi mujer, a ver si así deja de llorar un momento.

- ¿Habéis buscado a Yolanda?

- ¿Para qué? Ella se fue, ella que vuelva. Nadie la echó. Tan sólo le pedí que no se mezclase con ningún Junquera, la niña va y se enamora de uno. ¿Cómo quería que me lo tomara? Y más, el hijo del David.

- Tú también con la rencilla.

- No la empecé yo. Tan sólo le pago con su misma moneda. Ellos, si pudiesen, te pisotearían. Mira si no a tu tía Josefa. Desde luego esa no es madre ni para sus hijos, qué vamos a esperar de esa gentuza.

Mari, sin saber por qué, sentía lástima de Josefa. No podía pensar en la vieja sin que le recordase a su madre y sin comparar. Una alegre, la otra triste; una gorda, la otra escuálida; una llena de amor y la otra de odio. Un escalofrío recorrió su cuerpo ante la repentina ocurrencia de que todo aquel resentimiento hubiese pasado como una dote a sus hijos. Si su hermano aborrecía a David Junquera, este podía tener un sentimiento recíproco. Visto así daba incluso miedo. Todo eso lo pude leer en sus ojos, desde el de su hermano.

Antes de que me sacara de allí pude ver el pueblo, con sus gentes esperando que aquel hombre corpulento hiciese algo, como si fuese un deber. Notaba en los saludos con los vecinos cierto respeto, como un pésame y una falsa solidaridad. Parecía ir a matar o al matadero.

Relato de la espina del rosal

Aquella mañana Dolores se levantó con mal cuerpo. Cogió una rosa de su arriate, sólo por el capricho de olerla, pero con el ansia del que sabe que no lo hará más. Y me clavé en su envejecida carne. La sangre que me bañaba me hablaba de su languidez, de un final que se apresuraba. Era el momento de una recapitulación.

Se iba satisfecha, se sentía querida por los suyos. Había intentado hacer feliz a los que se fueron: a su madre, acompañándola en su silencio; a su esposo, dándole sus mejores años, su amor y tres hermosos hijos; a su abuela, consintiéndola, dejándola sembrar su funesta cosecha. Tan sólo quedaba algo: su hermana. La misma que compartió la matriz, la que le agarraba de la mano para dormir, la que le cedió su parte de leche materna y el cariño. Entonces la entendió, su espíritu se encendió con esa llama fraternal y comprendió lo egoísta que había sido toda su vida, al volverle la cara, al dejarla sola frente al mundo. Sintió de una vez el infinito dolor de su madre y su prematuro final, y pudo verla detrás de los rosales rogándole... Era hora de ver a su otra yo.

Relato de la espina del limonero

Entré en Josefa cuando tuvo un mareo y se apoyó en el limonero. Entonces alcanzó a ver que no estaba flaca, ni cansada, sino que se estaba muriendo. Se apagaba como una llama sin oxígeno. Se sintió alegre: “Al fin”, se dijo. Llegaba la hora de hacer feliz a los suyos. Legaba muchas pertenencias y paz. Sus hijos se desprenderían de aquella lápida que arrastraban como sombras.

Con un débil gesto se quitó la parte superior de la espina, dejando una pequeñísima parte de mí dentro. Sentí mucha amargura, tanta, que aquella luna de limones no fue ácida. Oyó cómo tocaban en la puerta y con mucha dificultad acudió a abrir.

- Eres tú, tarde vienes para hacer de hermana.

- Tal vez. ¿Sabes que nuestros hijos van a matarse?

- ¿Qué quieres que haga?

- Evítalo tú, hermana, eres ligera y tienes más energía que yo.

- Lo dudo mucho hermana. ¿Qué quieres? ¿La herencia de mi padre? No tienes derecho a nada, vete por dónde has venido. Ahora apareces...

- Me voy, Josefa, tan sólo venía por lo de los niños, y a pedirte perdón por no tratarte como a mi sangre. Ahora comprendo que has vivido en el dolor, sola. Quiero que lo sepas...

Josefa intuyó por un segundo que tal vez, sólo tal vez, estaba en igualdad de condiciones que su hermana. Ambas vieron acercarse la muerte; vieron que les arrancaba un último suspiro que había de recordarles aquel instante en su concepción, el calor de sus manos, la primera imagen.

- Mamá me crió a mí, pensando en ti. Nunca nos dejó.

Josefa la abrazó como nunca creyó abrazar a nadie. Sus lágrimas desoladas sintieron el alivio de la calma interior. Había llegado el momento de marchar juntas.

Relato de la encina

¿No me digáis que no sabéis más de esa historia? En fin, supongo que ahora me toca a mí contar lo que sé. Pero ha llovido mucho desde entonces. Todo estaba poblado por encinas y las jaras servían de refugio a los zorzales. Sólo a lo lejos algunas de mis ramas veían los campos de labor. Para mí era un deleite contemplar a diario a aquella pareja...

Él se llamaba Alberto. Todas las tardes acudía desde el cortijo para sentarse sobre esa piedra y esperaba a su amada. Carmen acudía llena de alegría, tan impaciente como él. Aquí se besaban, se acariciaban y compartían sueños. Con el paso de los días ella no pudo venir con la libertad de antes, por eso decidieron modificar sus horarios. Siempre que se presentaba la ocasión se acercaban a su encina, aunque muchas veces ni siquiera se encontraban. Yo me convertía entonces en la confidente de sus devaneos durante la tensa espera. Una mañana, Alberto, viendo que su novia no aparecía, decidió tallar un corazón en mi corteza. Tan contento quedó que decidió repetirlo, esta vez en una de mis ramas, deseaba hacerlo en el sitio más alto posible, para así demostrar todo su delirio de amor. En ello estaba cuando resbaló y cayó desde lo alto; vino a golpearse en la misma piedra donde tantas veces había esperado a su amor. Se oyó un crujido. De su cabeza brotó la sangre y empapó algunas de mis raíces. Por ello supe que él no se dio cuenta de lo que en realidad sucedía, murió viéndola en mis ramas. Tuvo una muerte tan dulce como amarga la de Carmen.

Carmen siguió viniendo. Percibí desde sus adentros como un aura, dos vidas que se desarrollaban continuando la obra que los jóvenes habían planeado juntos. La muchacha no decayó del todo solamente por la nueva esperanza. Pero luego le quitaron a una y todo se le vino encima. No volvió a hablar y se abandonó poco a poco. Un día dejó de venir.

Relato del viento

Soy inmortal, conozco miles de historias y, por supuesto, sé cómo termina esta. En cierta forma se puede decir que os envidio; porque, aunque estáis prontas a desaparecer para siempre, al menos habéis retenido dentro de vosotras una pequeña parte de alma humana. Por eso nunca os extinguiréis del todo y formaréis parte de algo en el tiempo. Sin embargo, en mi caso, no puedo decir lo mismo. Un día desaparecerá el hombre y las espinas y quedaré solo. Soportaré el castigo de soplar en soledad eternamente. Al menos, conservaré el saber y los recuerdos; esa es la razón por la que os he reunido.

Cuando Miguel se sacó la espina de la chumbera, no se paró a pelar los higos, sino que tomó su decisión y su rifle y se echó al monte a esperar. Estaba muy ortigado y dispuesto a acabar de una vez con la rivalidad entre las dos familias. David, por su parte, había limpiado la tarde anterior su escopeta de caza. Oyó en las tabernas que Miguel se había echado en cara a su hijo y que había maldecido a toda su estirpe, que hacía tiempo que le culpaba de la cacería furtiva y que se iba a buscar una ruina.

- Lo que tenga que ser que sea – se dijo.

Los hombres cruzaron varias veces el monte sudoroso, con tal sigilo que varias veces pasaron cerca y ni se sintieron. El calor comenzó a apretar y los nervios comenzaban a hostigarles. De un modo u otro sabían que su adversario estaba en aquel lugar y que el primero en cometer una imprudencia terminaría en una caja. En medio del bochorno y de las avispas que por allí zumbaban, se oyó un crujir. Los dos, llegado el momento que tanto habían ansiado, de un bote, se pusieron en pie apuntando al mismo tiempo hacia el sitio del ruido. En medio del rifle y de la escopeta se hallaba Víctor. Al instante las armas rectificaron y se apuntaron mutuamente, buscando a su verdadera presa. Entonces Víctor habló:

- Disparad. Dejad a mi hijo sin abuelos. Os guste o no, compartís algo, pero no os pertenece. Mataos, que así al menos os arreglaréis; yo voy a buscar a mi mujer, a la que por cobardía dejé ir, pero que encontraré. No me veréis más, ni a ella, ni a vuestro nieto, lo pienso criar fuera de esta disputa sin sentido. Ahora seguid con la estúpida tradición y recordad que esto es sólo cosa vuestra. No incluyáis a nadie, porque estáis solos.

En el monte se oyeron dos disparos al unísono y el campo se silenció. Lejos de allí cayeron plomos y una bala.

Decidí soplar aquella tarde, para refrescar un poco. Resolví velar por las dos familias, para que nunca un mal viento les sople y que entre ellos no quede ninguna vieja espina clavada.

martes 11 de agosto de 2009

Posaderos

¿Hacer una crónica? No, desde que me erigí el peor cronista del mundo sólo puedo aspirar a hablar un poco sobre lo sucedido. Contar algo referente a los detalles. Para ello he de vencer los puntos muertos que conforman mi desidia y arrancarle al sueño un tiempo precioso. Pero creo que merecerá la pena, porque hay mucha gente que estuvo presente y sin embargo, estaban muy lejos. Se lo dedicaré a Liliana, quien como dice en los comentarios de más abajo, en ese instante quiso estar en la posada. Por supuesto, también a todos los que contribuyeron desde la distancia. Y a quién crea en la magia.
Comenzaré por mí, aunque suene mal, permítemelo. No puedo hacer un retrato fiel debido a que por ejemplo no oigo bien, tengo un pequeño trauma sonoro que me oscurece las frases o las palabras. Además, a cada instante miraba hacia atrás para buscar a mi gente, estoy acostumbrado a tenerlos controlados. Y prefiero estar en la retaguardia, ya que así nunca le doy la espalda a nadie. Por si fuera poco tuve problemas de vejiga. Si mantuviese alejadas a mis manías tal vez sería más eficaz.
Cada vez que escribo una de mis historias trato de fijarme en los detalles, creo que esas pinceladas dan vida a la escena. Son los detalles que no quiero olvidar, por eso me quedaré con la bienvenida de Capi; el “¿cuál leo?” de Juan Pan; la sorpresa inicial de Ana, la actriz que hizo temblar a más de una mujer mayor; la historia del perrito; el “sin premios” de Jesus Ruiz; la satisfacción en la cara del joven que entrega a la gente un fragmento de la obra que anda enhebrando; la veteranía de Illanes y esa conversación sobre libros que tenemos pendiente; Capi de nuevo, y su esposa Charo; las lágrimas de María Eugenia por algo que más adelante aparecerá; la foto de Mertxy con mis hijas; el niño al que la sombra de Miguel Ángel Rincón en la pantalla le pareció un burro (casi, casi); las flores a Mary, la Mary; Lola y su guitarra sonriente; Javi que estaba decidido a voltear su historia dándole el final redondo; el relato de Salmorelli canalla y la poesía de Tomás padre; el haber conocido a Juan y a su familia; la ropa de abrigo porque hacía fresco, no frío, pero sí fresco; el personal que trabajaba… me quedo con ese puñado de detalles, el cuadro lo pintas tú.
Por supuesto, no sólo olvido detalles, también nombres, el del señor que pinta y hace poesías, la joven hostelera, la muchacha de radio Montellano, Mado, Argentina, Barcelona, Nicaragua (Costa Rica), Colombia… todos, todos con ganas de decir: Soy yo y esto es lo que hago.
Hasta aquí la escena, el escenario fue el Hostal la Posada de Montellano. Tan importante quien lee como quien escucha. Y había mucha gente, esto es de agradecer. Lo dará del pueblo.
Ahora doy por concluida la pseudocrónica. Siento no ser más explícito. A continuación haré una especie de reflexión. La gente que escribe suele tener unas reflexiones un tanto raras, y posiblemente hubiese sido convente no hacerla aquí. Pero llevo un tiempo guardándola y las cosas convienen airearlas.
Yo creo en la magia, así comienza lo último que he escrito es una novela infantil. Nunca creí que me gustase escribir este tipo de historias, pero la verdad es que disfruté como un cochino en un charco. Cada vez que termino algo, siento ganas de llorar. A veces quisiera emocionarme, llorar de alegría por ejemplo. Pero el Manuel García que habla está a años luz del que escribe (quiera Dios que no se encuentren nunca). Es como un doctor Jeckill y mister Hide, pero que sin uno no existe el otro. ¿Y por qué digo esto? Pues muy sencillo, porque hay cosas por las que merece la pena una lágrima. Y porque hay momentos en los que está presente la magia. Lo estuvo en la segunda bienal de poesía de Villamartín en donde nos conocimos Tomás Mielke, Rincón, Cristóbal Barrero, Baena Niño, y yo. O cuando leímos para el pueblo Saharaui en Prado, o nuevamente y encima de un remolque en Bornos (grato recuerdo, buena la causa, buen escenario). Hubo magia en el primer encuentro de Puerto Serrano, en las noches de poesía en Prado del Rey. La lectura de Sanlucar por los desastres de un huracán en Cuba. Cuando a Alcedo, a Dario Carvajal y a mí, nos dio por juntar poesía y microrelatos en el Gastor. Pues esa chispa, ese toque de magia estuvo presente en Montellano la otra noche. Y me gusta creer en la magia, sí, la magia, mientras haya cosas que no se pueden explicar existirá la magia, mientras un niño crea en los reyes magos existirá la magia, mientras un globo sea capaz de encontrar la libertad existirá la magia, y por supuesto, mientras haya alguien que escriba y otro que le escuche o le lea, ¿sabes?, existirá la magia.

martes 30 de junio de 2009

Encuentro en Montellano (Sevilla)

Copio del blog de Salmorelli http://salmorelli.blogspot.com/

EL PRÓXIMO DÍA 8 DE AGOSTO (SÁBADO), TENDRÁ LUGAR EN EL HOTEL LA POSADA, DE LA LOCALIDAD SEVILLANA DE MONTELLANO. EL PRIMER ENCUENTRO LITERARIO INTERNACIONAL “LETRAS DE LA POSADA”
TODOS LOS ESCRITORES INTERESADOS EN EXPONER SUS POEMAS, MICRORELATOS O RELATOS BREVES (NO SUPERIOR A DOS PÁGINAS). PODRÁN PONERSE EN CONTACTO ATRAVES DEL CORREOsalmorelli@hotmail.com. PARA SU INSCRIPCIÓN O PARA ACLARAR SUS DUDAS.
TENDRÁN LA OCASIÓN DE EXPONER SUS OBRAS, INSITU O BIEN REMITIENDO UN VIDEO CON LA GRABACIÓN DE SU OBRA PARA QUE SE PROYECTE EN EL TRANSCURSO DEL ENCUENTRO.
COLABORAN LA FAMILIA LITERARIA DE BLOGEROS, HOTEL LA POSADA DE MONTELLANO Y AYUNTAMIENTO DE MONTELLANO.
¡ANIMATÉ Y COMPARTE TU IMAGINACIÓN Y CREATIVIDAD!